15 ene. 2012

CUALQUIERA. Autor: Raquel Viejobueno Rodríguez.

Paquita cerró la puerta. Se había pintado los ojos, no mucho. Nunca le había gustado llamar la atención. Se tapó la mejilla llena de gritos con algo de maquillaje y salió a la calle. Pensó en sus hijos, en la comida que tenía que hacer y en la ropa arrugada que había salido de la lavadora. No quiso bostezar, le dolía la piel, el rostro, la mejilla, la vergüenza, el miedo, y porque no decirlo el alma.

Fue caminando pegada a la pared, sentía vacío y una gran inmensidad hacia todo. Se sentía pequeña. La noche anterior había sido como otras muchas. Los niños lloraban y la sangre se le amontonaba en la cara, en los brazos. El vacío de la mano cerrada le comía la vida

Cruzó la calle y se acercó hacia un grupo de gente que revoloteaba en torno a alguien en el suelo. No quiso mirar. Lo hizo.

Los ojos se le tornaron grises, huecos. Se vio a ella misma muerta, entre un charco de sangre. La mano cerrada consiguió su presa.

Siguió andando, se mordió el miedo y el llanto. Quiso gritar y se quedó muda. Pensó que mañana la esperaría el charco de sangre